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martes, 2 de marzo de 2010

Pido la voz y la Palabra.


Bueno, empecemos:


La situación en la que nos encontramos hoy las mujeres, dista mucho aún de ser la ideal y aún menos la que deseamos, al menos aquellas mujeres que no nos conformamos con ser el entretenimiento o petate de nuestros maridos, compañeros, hijos, novios o patronos.

Demostrada y superada nuestra plena capacidad intelectual para compartir con los hombres, jóvenes, ancianos y niños la toma de decisiones, simplemente lo queremos todo: tener una vida digna, disfrute y bienestar, sin discriminaciones, sin presiones, con todo el respeto que nos merecemos como seres humanos que somos.
Ser mujer no es equivalente a ser progresista, justa u honrada, sólo es equivalente a persona, aunque con un sexo distinto al de las personas que tienen pene. Así de simple y así de complejo.



Esta que tenemos, evidentemente no es la situación ideal, nada más lejos. Pero conseguirla nos ha costado mucho, muchísimos sacrificios inimaginables, aguantando lo insoportable, lo más salvaje, lo más abominable hasta conseguir estas mejoras. En no pocas ocasiones, nos ha costado hasta la vida, demasiadas vidas. Demasiadas veces hemos sido asesinadas por hombres que se sentían con derecho incluso, a disponer de nuestra vida como quién cierra un grifo o lo abre a placer.

Evidentemente -igual que pasa a los hombres- a muchas mujeres no les ha costado nada disfrutar del resultado del esfuerzo de todas aquellas, que no hemos dejado de complicarnos la vida para mejorarla. Algunas, lejos de valorar esas conquistas y reconocer el esfuerzo que ha conllevado, se lo han encontrado todo hecho. Lamentablemente, esta es una de las actitudes que más nos perjudica y ralentiza en la mejora de nuestras condiciones de vida.


Sólo cuando somos conscientes de los problemas, somos capaces de encontrar soluciones.


Lo más triste de esta situación, es el inmovilismo simplista -con todos los respetos- de aquellas mujeres que lejos de mover un dedo, consciente o inconscientemente promueven que todo siga igual, que es inútil el empeño, que nada podemos cambiar. Estas actitudes, lejos de solucionar nada, son parte del problema. Tantos siglos de miseria humana hacia la mujer, han generado mucha inercia de la que cuesta escapar... La miseria no se elige nunca. Sea del tipo que sea, siempre es una imposición, una relación desigual, de poder.

Hay barbaridades que simplemente se han normalizado por el huso, como los toros, la violencia o el machismo en cualquiera de sus expresiones, por citar algunas, pero no por ello son menos repudiables.
Por cientos de miles de veces que se produzcan estos abusos, nunca dejaran de serlo, y conforme vaya madurando nuestra sociedad, cada vez estarán más arrinconados en el vertedero de las miserias humanas.

Vamos muy poco a poco, y todavía no hemos llegado donde queremos. Aunque es cierto que la sociedad -hombres y mujeres- se hace cada vez más sensible, todavía hay quienes piensan que nos merecemos lo que nos ocurre: marginación, violencia, humillación... de hecho hay quien sin estupor, defiende el continuismo de esta situación con el único argumento de que siempre ha sido así. Pues no, de eso nada oigan!.

Empiezan a dejar de ser "normales" muchas actitudes que hasta ahora eran incuestionables, como el lenguaje. Pocas cosas son tan representativas del machismo de nuestra sociedad, como aquellas palabras que en masculino ensalzan virtudes (cojonudo), y en femenino las deshacen (coñazo). Lo peor de todo es que aún hay mujeres a las que les molesta o incomoda que reinventemos un lenguaje hecho por los hombres para expresar poder.


Cuando la Real Academia de la Lengua Española definió el masculino plural como una manera de englobar a todos y todas, evidentemente no se pensaba en la mujer como en un igual. Por si alguien lo duda, sólo decir que fue Clara Campoamor la que promovió y consiguió que las mujeres tuviésemos derecho a voto en la II República. Eran los años treinta, y sólo a partir de entonces se empezaron a establecer con la República unas relaciones de paz e igualdad entre hombres y mujeres a todos los niveles: laboral, sexual, intelectual... Por desgracia todas esas legítimas aspiraciones que empezaron a materializarse en aquellos años, fueron masacradas por una sublevación militar y su posterior represión hasta muy avanzados los 70.


Para muchas de nosotras, es inaceptable seguir utilizando unas palabras que nos marginan y discriminan manteniendo un estado de cosas, ética, moral y racionalmente inaceptables. Estamos de acuerdo en que el uso de la arroba o el las/los rompe con la dulzura, ritmo y plasticidad que tiene el castellano. No estamos contra una lengua, sino por desterrar aquellas formas que no representan a las sociedades que las usan para comunicarse.

Todo cambia, si lo hacemos cambiar.

Mientras tanto la lengua encuentra soluciones a una realidad que no es la que le dio origen, nos seguiremos atragantando con la arroba y demás, y cada vez que en ese momento respiremos, recordaremos a tod@s que todavía estamos en el camino.
E.

3 comentarios:

J Carlos Murcia dijo...

El castellano precisamente es una lengua que posee también un universal de genero gramatical femenino, que es la palabra 'persona'. Todos somos personas. Por tanto: Todas lo somos y podemos autoenunciarnos en femenino sin vilencia al lenguaje (sólo a su uso más difundido, pero es que este uso es el que ejerce la violencia; empezar a cuestionarlo y usarlo de modo distinto es una violencia a esa violencia, es decir, una acción por defensa propia).

Por tanto, para apoyar la feminización de la sociedad a través de sus usos lingüísticos (y final igualación por empate de presencialidad en el habla y la escritura de todos los días y en todos los ámbitos), propongo que los varones y mujeres comencemos a usar el femenino universal 'persona' (nombrando esta palabra o sustituyéndola por pronombres, que es lo más usual en castellano de España) en todas aquellas alocuciones en donde se requiera emplear un vocablo o pronombre universal que equivalga al genérico universal masculino "todos" –y hacerlo independientemente del sexo de las personas referidas, que como tales personas, son todas femeninas, también son "ellas" femeninas.

Así, en una reunión de hombres, y no sólo de mujeres, en cualquier reunión de hombre sy mujeres, en cualquier proporción de un sexo u otro; en cualquier libro o acta o escrito reunión; en cualquier aula, sesión psicoterapéutica, mercado, acera de la calle, tienda, en cualquier ámbito, en vez del consabido "todos" (o "los") usar el "todas" (las personas, nosotras, o vosotras, o ellas, o todas juntas).

Y es más, incluso, para ir más allá y empezar a dar de verdad visibilidad al femenino, tratarse a uno mismo y a los demás en femenino, pues todas somos personas (excepto cuando, por coherencia gramatical, haya que usar el masculino). Ejemplos pondré tres que creo suficinetes para representar todos los casos:

- (El profe –o la profe– en el aula de chico y chicas) ¿Cómo estáis todas? Yo, desde luego, muy cansada.
- (En la tienda) Por favor, ¿podrías indicarme el dependiente que muy atento (aquí sí masculino, por coherencia gramatical con "el dependiente") me ha dejado estas 5 camisas para probarme?
- "Voy a la reunión de hombres. Estoy bastante esperanzada de que todas (las personas que lo componemos) hablemos del tema previsto con profundidad".

Todo lo dicho lo digo en serio, por si el cachondeo ya recorre las filas (exteriormente) o las fibras (internas de cada una). Siempre he pensado que, si escribo un libro, podría atreverme a usar el femenino universal de la forma que acabo de exponer. Porque en realidad sólo el miedo a ser mal mirado y tildado de 'mariquita' –que lo soy además, y por eso esa fibra está ya pelín 'irritada'– me ha podido hasta ahora con el hecho de no prodigarme en estos usos lingüísticos tan revolucionarios. Pensadlo bien: no tiene por qué violentar realmente nada más que la "sacrosanta" Identidad (lingüísitica y social) del género masculino, y no siempre, pues una vez generalizado el uso del universal femenino, el uso del universal masculino se podría generalizar igualmente para todos y todas en pie, esta vez sí, de igualdad. Pues también es verdad que todos somos 'individuos' o 'sujetos' (que en castellano son vocablos de género masculino, y no cabe decir "sujetas" o "individuas"). Besos.

J Carlos Murcia dijo...

(continuación)
Pero es que a las mujeres esa violencia se les ha impuesto por costumbre y norma social, y hay que reparar, es decir, ejercer la discriminación positiva hacia el uso del femenino (siempre que no haya incoherencia gramatical) para conseguir una plena presencia algún día a nivel social general tanto del género gramatical masculino como del femenino, sin distinción de sexos (a no ser que se invente un universal 'neutro', que ya sería meternos en otros berenjenles y al final seguir tapando el –y lo– femenino).

¿Me explico? No es sorna. Nada de esto ha de entenderse como una mala burla. Aparte las risas que previsiblemente pueda suscitar la propuesta (lógico, y nada malsano por otra parte: conviene dar expresión a los nervios), he de decir que nada hay de cachondeo, auqnue a mí mismo me divierte pensar hablar y escribir así, en femenino. Pero sé que me da cierta hilaridad porque yo misma estoy poco acostumbrada (como persona, hombre, , auqnue como homosexual cuando estoy con otros gays o mujeres, menos, que en eso –en algo tendría que ser– llevamos ventaja a los heterosexuales o gays menos concienciados o menos plumeros/as, etc.).

Es perfectamente seria la propuesta, y factible por todo el mundo, independientemente de su condición o identidad sexual o de género. Y además sería lo único que conseguiría igualar en la lengua la presencia de todos y todas. Lengua que, como todas las lingüistas (y todos) saben, tiene registros y significados que se definen por el uso social, por el uso que le da la comunidad de hablantes y escribientes durante la historia (y no por la Academia de la Lengua, que en eso la Carta mete la pata histórico-lingüísticamente hablando, pues no es de una institución el lenguaje, sino de la comunidad, nada privado, todo social el invento; y no de ahora o ayer, sino de muchos, muchos siglos atrás, desde el latín en nuestro caso, y aún quizás más allá).

J Carlos Murcia dijo...

Un poquito más:

El asunto de la identidad realmente pienso que es espinoso y fundamental tratarlo bien. Releyendo, me sale ahora también esta reflexión, no contradictoria a lo dicho, sino complementaria:

Los hombres tenemos todo el derecho del mundo a hacer grupos de hombres, y reforzarnos como hombres, todo en la estela del feminismo que se quiera (aunque hace tiempo que no hay UN sólo feminismo y ya conviene ir matizando), pero de hombres al fin y al cabo.

Si las mujeres tuvieron la necesidad y crearon su espacio de comunicación y reflexión, y siguen haciéndolo, entre otras cosas, para re-pensar y re-decir (re-construir) su identidad impuesta, asumida, creída, soportada, o también: reivindicada, fantaseada, denunciada, puesta en tela de juicio, odiada... también los tíos necesitamos reinventarnos, redescubrirnos, destaparnos... y, a veces, no sólo cuestionar nuestra identidad como hombres (nuestras identidades, nuestras masculinidades), sino por qué no, reivindicar aquello que también se nos quitó, las identidades, formas, acciones o discursos que se nos siguen usurpando en el habla y los actos de todos los días. Y si alguien necesita reafirmarse como "él" y "nosotros" (en masculino), seguramente es porque hay que hacerlo. Y yo también estoy ahí.

Téngase esto como complementario, no contradictorio, con lo dicho antes. Nada, pues de lecturas "gays" (o pseudogays) por favor. :-)

Besos

J Carlos